Voy a ser totalmente sincero. Lo que acaba de presentar Ferrari me ha dejado una sensación de decepción difícil de disimular. La marca que durante décadas ha sido una referencia absoluta de diseño, emoción y deportividad parece haber decidido entrar en un terreno que, al menos a primera vista, le sienta fatal.
Ferrari ha enseñado un coche que, más allá del logo, me cuesta reconocer como Ferrari. Y eso, en una marca como esta, no es un detalle menor.
Un golpe en la mesa, pero no en el buen sentido
Tenía cierta esperanza en la dupla formada por Jony Ive y Marc Newson de LoveFrom, sobre todo después de ver el interior del Luce. Es verdad que a mucha gente no le gustó, pero había ideas con sentido, piezas bien pensadas y una base que, con una dirección correcta, podía haber encajado en una propuesta más neo-retro o más vinculada a la cultura formal de Maranello.

Incluso llegamos a preguntarnos si un lenguaje más Bauhaus podía tener sentido en una marca histórica italiana como Ferrari. Y mi respuesta, después de ver el resultado completo, es que claramente no. No al menos si se aplica como una capa estética desconectada del ADN del coche
¿Puede el diseño Bauhaus hacer «match» con el diseño italiano?
Un Ferrari sin raíces
El problema no es únicamente que el coche sea eléctrico. El problema es que parece haber perdido el hilo que conecta a Ferrari con su propia historia. Ferrari puede evolucionar, debe evolucionar, pero no puede permitirse convertirse en un producto anodino, sin alma, sin raíces y sin cultura visual.
Y eso es precisamente lo que me transmite este Luce: un objeto correcto en algunos aspectos, incluso interesante en otros, pero incapaz de emocionarme como debería hacerlo un Ferrari. Un coche de 550.000 euros de entrada no puede vivir solo de su ingeniería o de sus cifras. Tiene que provocar deseo visual, tensión formal y una lectura instantánea de marca.
Las cifras no bastan
Sobre el papel, el coche impresiona. Hablamos de cuatro motores eléctricos, 1.050 cv, 990 Nm de par, batería de 122 kWh, 530 km de autonomía, 0-100 km/h en 2,5 segundos y 310 km/h de velocidad máxima. Es un despliegue técnico enorme, y en otro contexto seguramente estaríamos hablando de un producto no tan malo, teniendo en cuenta que China tiene mejores cifras por menos precio.

Pero Ferrari nunca ha vendido solo por números. La marca de Maranello siempre ha sabido que el rendimiento, por sí solo, no basta si no está envuelto en una identidad fuerte. Ahí está la diferencia entre un producto rápido y un Ferrari de verdad.
Lo feo no se vende
Raymond Loewy, una de las grandes figuras del diseño industrial del siglo XX y autor de objetos tan influyentes como el logotipo de Shell o la botella de Coca-Cola, dejó una frase que sigue teniendo una vigencia brutal: “Lo feo no se vende”. En el automóvil, el diseño no es un complemento del producto, sino una parte esencial de su éxito.
Entre dos productos del mismo precio y la misma función, el más bonito suele imponerse. Y Ferrari lo sabe mejor que nadie. La marca ha vivido siempre de una mezcla muy precisa entre prestigio mecánico y una forma que entraba por los ojos antes incluso de arrancar el coche.

Por eso me resulta tan difícil celebrar este Luce como algo positivo. Puede ser avanzado, puede ser sofisticado, puede incluso ser valiente. Pero si no enamora, si no tiene esa tensión que esperas de Ferrari, entonces algo se ha roto en el camino.
Además, Ferrari no compite en el vacío. Si comparas este modelo con propuestas asiáticas que ya ofrecen prestaciones muy cercanas o incluso superiores, la ecuación económica se complica. En el mundo eléctrico, la exclusividad técnica se erosiona más rápido que en el de combustión. Y ahí Ferrari necesita algo más que potencia: necesita una identidad que justifique el salto.
La marca todavía tiene un as bajo la manga. Ferrari suele obligar a sus clientes más fieles a entrar antes por modelos menos exclusivos para poder aspirar a slots más limitados, ya sea en la serie Icona, en el actual hypercar F80 o en variantes como el 296 Speciale. Ese sistema de acceso seguirá funcionando mientras el aura de la marca permanezca intacta. Pero si el nuevo lenguaje se percibe como frío o despersonalizado (que es lo que está ocurriendo), incluso esa estrategia puede empezar a perder fuerza. Ferrari no vende solo coches: vende pertenencia, jerarquía y deseo.

El verdadero problema
Y aquí es donde, para mí, está el núcleo del asunto. El problema no reside tanto en que hayan buscado un lenguaje más técnico o más limpio. El problema es que, como ya apuntábamos en otros análisis, no todos los productos son coches. El product design y el car design no son la misma disciplina, aunque compartan herramientas y algunas obsesiones, comentaba Alessia Ombrella en uno de nuestros últimos posts.
Y esto es lo que pasa cuando contratas a un equipo de diseñadores que nunca han diseñado un coche y su producto estrella es el iPhone. Un coche no puede tratarse como un dispositivo más. No basta con reducir elementos, pulir interfaces y dejar superficies limpias. Un automóvil tiene que comunicar presencia, proporción, carácter y cultura de uso. Y si eso desaparece, por muy brillante que sea el planteamiento industrial, el resultado queda cojo.

Incluso voces muy vinculadas al mundo del diseño automovilístico, como Mauricio Corvi, exdiseñador de Ferrari y perteneciente a proyectos como el F355 o el F50, o Jan Filip Schmid, director de diseño exterior de Bugatti, entre muchos otros, han dejado claro que este tipo de comparaciones entre coches y dispositivos digitales tienen límites evidentes. «Los coches no son un iPod. Hoy se ha demostrado. A estas alturas, mejor sustituirlos por la IA. ¿A quién le importa?», comentaba Schmid en sus redes sociales.
La memoria pesa
Yo, además, vengo de pasar una semana en Lago di Como, en el Concorso d’Eleganza Villa d’Este, rodeado de algunos de los mejores Ferrari de la historia. F40, 250 GTO, 375 Plus, Testarossa Spider… coches que no solo representan una época, sino una manera de entender la emoción formal dentro del automóvil.
Así vivimos el Concorso d’Eleganza Villa d’Este 2026 desde dentro
Y por eso este nuevo Ferrari me sabe a jarro de agua fría. No porque el pasado deba repetirse, sino porque la marca parece haber olvidado que su grandeza nunca estuvo solo en la innovación, sino en la manera de convertir esa innovación en deseo.
Una impresión dura, pero honesta
Ahora bien, también quiero ser justo. Habrá que ver el coche en persona, tocarlo, sentarse dentro y probarlo antes de juzgarlo con total precisión. A veces un diseño que en fotos se muestra torpe, en directo gana coherencia y presencia. Pero la primera impresión cuenta, y mucho.
Y mi primera impresión es esta. Ferrari ha apostado por una ruptura que, de momento, no me parece acertada. No me parece el camino correcto para una marca que siempre ha sabido evolucionar sin perder su centro de gravedad.

Cuando analizamos el interior del Ferrari Luce ya nos preguntábamos si el lenguaje Bauhaus podía hacer “match” con el diseño italiano. Mi conclusión ahora es más tajante tras ver el exterior. Sin duda es imposible que hagan match. Puede haber disciplina, síntesis y claridad, sí. Pero si en el proceso se diluye la emoción, la teatralidad controlada y la memoria formal de Ferrari, entonces el precio es demasiado alto.
En definitiva, Ferrari no necesitaba un coche correcto. Necesitaba un coche inolvidable. Y, por ahora, este lo es, pero en el mal sentido. Ferrari acaba de dar un paso que parece más una renuncia que una evolución. Y en una marca así, renunciar a su propia herencia nunca es un gesto menor.
Y es que, lectores, lo que realmente estamos viendo es el «Apple Car», o lo que debería haber sido, no el Ferrari Eléctrico.




2 respuestas
Me quedo con tu última frase y no había caído en ello antes. Esto es el Apple Car cancelado. Hasta las supuestas filtraciones que hubo reflejaban el mismo diseño simplón y barato que muestra hoy el Luce.
Terrible.
Totalmente. Una pena que la verdad no sea esa y lo que estamos viendo es el modelo de producción real de Ferrari. Ojala recapaciten aunque lo veo imposible.